Porque prohibir los espectáculos taurinos 

 

Tradición y cultura. 

Dos de los argumentos que esgrimen con mayor fuerza e insistencia los defensores de los espectáculos taurinos se basan en la tradición y en la economía. Razonan que la “fiesta” es algo inherente a nuestra cultura, a nuestra esencia más profunda, que es parte de nuestras raíces y nuestro pasado, la herencia de nuestros ancestros. Esta razón se soporta, además, por razones crematísticas, la importancia del espectáculo taurino como medio de vida de muchas familias que viven directa o indirectamente de esta “diversión” popular.  

La cuestión que planteamos no si estos argumentos son ciertos o no, sino si son suficientes para continuar con un espectáculo basado en el sufrimiento de los toros.  

La importancia de la tradición y la cultura de un pueblo nadie la discute y es bien cierto que en España los espectáculos taurinos tienen un origen muy antiguo y que forman parte de nuestras vivencias y nuestras costumbres. Los animalistas solemos decir que estos espectáculos no son tradición ni cultura, pero no es del todo cierto, existe tradición y cultura1 en ellos.  

La pregunta que debemos hacernos es si esto valida que puedan seguir celebrándose. La cultura y la tradición no son buenos “per se”, no disponen de un sello de identidad de valor positivo, no todo lo que es tradición puede o debe seguir existiendo. Los oficios artesanos desaparecen por la fuerza de la tecnología, no pueden mantenerse sino, en pocos casos, como reliquias protegidas. Existe una razón técnica que hoy en día les hace inviables.  

En el caso de los espectáculos taurinos no es que puedan o no desaparecer sino que deben desaparecer, es parte de nuestra cultura, pero existen avances en la ética, en los valores humanos, en la conciencia colectiva que obliga a repensar las cosas, nada es inmutable ni absoluto. 
 
 

Defender las tradiciones solo por la circunstancia que durante años o siglos ese hecho se ha ido repitiendo y haciéndose costumbre no tiene ningún valor. La tradición puede ser injusta ya que lo que hacía es mantener los privilegios de una clase, la tradición puede ser errónea ya que el objetivo de la misma carece en la actualidad de razón de ser o es perjudicial. Existe costumbres y tradiciones que desaparecen con el paso del tiempo ya que no solo han dejado de ser útiles sino que se dieron cuenta que mantenerlas era lesivo. También costumbres y tradiciones que, por razones éticas o religiosas, dejaron de practicarse y, en algunos casos, a prohibirse.  

La economía. 

Las razones de tipo económico presentan un componente complejo ya que las reglas normales de oferta y demanda no rigen exactamente en este supuesto. Si consideramos un determinado bien este será demandado según el precio, cuanto más alto es el precio menos se demanda del bien. Pueden existir bienes negativos, es decir, bienes que no queremos tener, en este caso, actuaremos al contrario, no queremos cantidades de dicho bien y, por lo tanto, daremos dinero por no tenerlo. En el caso del bien “espectáculos taurinos” se comporta de forma extraña, ya que unos, los taurinos, lo consideran como un bien positivo y otros, los animalistas, lo consideramos un bien negativo. Esto supone que el bien es “raro” en términos económicos, ya que no existe ninguna curva agregada que pueda recoger esta situación. Los bienes o son bienes o son males, pero no parece lógico que pueda encontrarse en ambas situaciones. 

Esta anomalía desde un enfoque económico no se detecta en cuanto existe un colectivo que demanda el bien y, por tanto, el mercado responde a través de la oferta. Los taurinos desean el bien “espectáculo taurino” y están dispuestos a pagar su precio. Más tarde hablaremos del problema de la asignación del precio exacto del bien como consecuencia de la distorsión de las subvenciones públicas, ahora basta entender que existe oferta ya que el bien se demanda. Cuando un bien es deseado por una parte de la hipotética demanda  es indiferente que el  resto no lo desee o no lo desee tanto para pagar por poseerlo. Lo mismo sucede cuando el bien no solo no se desea por el resto del colectivo de demanda sino que además éste considera que es un bien negativo. Podría plantearse que hubiese un precio que el colectivo animalista pagara al colectivo taurino para que no se produjera el bien, pero caeríamos en un error de concepto. Lo que se negociaría es el derecho a producir o no el bien “espectáculo taurino” y no el propio bien; pero los derechos no se encuentran dentro de la esfera económica, nadie puede negociar, por ejemplo,  con derechos como la libertad o la igualdad. 

El bien”espectáculos taurinos” como vemos es diferente a otros bienes que pueden parecer similares. Por ejemplo, en el caso del bien “aire limpio” todo el mundo lo desea, lo que sucede es que unos lo desean más que otros, pero todos estarían dispuesta a pagar algo por disfrutarlo. Lo mismo sucede con el bien “centrales térmicas” es un bien negativo, nadie quisiera una central térmica cerca de su entorno, por ello se estaría dispuesto a poseer ese bien negativo si hubiera una compensación con otros bienes suficiente para contrarrestarlo. En estos bienes la problemática es distinta, esos bienes o son negativos o positivos lo que sucede es que no se encuentran de acuerdo con el precio, por lo tanto, es posible negociar. Si un colectivo no quiere una central térmica cerca de sus viviendas, podría ser factible que le ofrecieran un precio que estuviera en consonancia con el riesgo y las molestias que se le causarán, podría ser muy alto pero sería factible, en teoría, la asignación de un punto de equilibrio.

En el caso del bien “espectáculo taurino” es imposible la compensación a los animalistas ya que no existe ningún otro bien que compense el mantenimiento de aquel. Se puede poner precio a la salud, la tranquilidad o la buena vida, pero es imposible poner precio a la ética2. Puede argumentarse que podría ponerse incluso un precio a la ética, que la dignidad tiene también un precio 3, incluso en este supuesto el equilibrio entre oferta y demanda no existiría ya que para que esto suceda la otra parte, la taurina, debería tener tanta intensidad en su ofrecimiento como el animalista y esto no se produciría. Hay que tener en cuenta que el precio pagado hoy por el taurino se encuentra en la mayoría de las ocasiones por debajo incluso del precio de coste, como consecuencia de las subvenciones publicas, sin incluir las externalidades que estamos comentando. 

Desde el mismo enfoque de la economía, pero desde otro ángulo, se defiende que el “espectáculo taurino” es fuente de riqueza para el país y que, en caso de su prohibición, se perderían muchos puestos de trabajo. Esta aseveración, tan defendida por los taurinos, además que tendría que suponer un “mal menor” carece del rigor de todas las afirmaciones contundentes y, en especial, en asuntos económicos. Varias son las razones. La “economía del toro” no puede compararse, en cuanto a magnitud, a sectores productivos tanto de la agricultura, industria o servicios; su importancia en el PIB es insignificante desde un enfoque macroeconómico. El reparto del beneficio, el trozo de tarta, en la economía del toro se encuentra descompensado, esto es, el capital recibe mayor trozo de tarta que el trabajo. El empleo es precario, de temporada, se utiliza la llamada “vocación” para que los trabajadores reciban un salario bajo o, como sucede en muchas ocasiones, se queden sin cobrar. La desaparición del espectáculo con sufrimiento animal no supone que no pueda sustituirse por otro tipo de espectáculo que genere empleo, incluso posiblemente sería una forma que el espectáculo – ahora traición sin sufrimiento al igual que se representan las cazas de brujas o las batallas- no acabará languideciendo. La imagen de España, ante el resto del mundo, con el espectáculo taurino no casa bien con una imagen de investigación, desarrollo e innovación. Habría que hacer un estudio sobre que parte se minusvaloran los productos de calidad con la marca “España” al mantener un imagen de la misma tan atrasada.  

La extinción de la raza de toro de lidia 

La pérdida de la raza es otro argumento que se esgrime por los taurinos. Argumento débil que más lo utilizan como dardo envenenado a los animalistas, que protegen la biodiversidad. Pues bien, hay que aclarar que el toro de lidia puede perderse sin ningún problema, sin rasgos de vestiduras por parte de los animalistas, ya que frente al valor “biodiversidad” se encuentra el sufrimiento. Es absurdo pensar que para mantener la raza humana en el planeta todos sus habitantes tuviéramos que estar condenados a sufrir en los últimos momentos de nuestra vida y morir de una forma agónica. Existe una jerarquía de objetivos, antes evitar el sufrimiento que mantener la biodiversidad, en el caso hipotético que esta fuera a desaparecer y en el caso que consideráramos que su pérdida tiene el mismo valor que, por ejemplo, la del lince ibérico. 

Ética  

Como los valores no son algo absoluto, no existen en la naturaleza, no existe un dios que fije normas éticas, no es algo exacto ni matemático4 nos encontramos con la disyuntiva que en esta sociedad, donde esta presente la moral, se debaten dos alternativas diferentes en cuanto a la elección de valores. Inicialmente los taurinos y los animalistas defienden valores válidos. Ahora ya no se trata al espectáculo taurino como un bien económico sino como un valor ético. Aquellos que defienden el espectáculo enseñan valores acuñados, valores tradicionales donde juega el honor, el respeto, la valentía, la explicación de la muerte y la vida, la nobleza, la “hombría”, etc. Los que somos animalistas tenemos otra visión donde los valores que se defienden son uno clásico y otro novedoso.  

El clásico hace referencia al concepto de dignidad de la persona, se encuentra en los apuntes de Kant y en la tradición de defensa de los animales que se remonta a  pensadores del mundo griego y romano defensores de los animales. La persona se hace pequeña y mezquina cuando trata a un ser inferior con desprecio, cuando maltrata al débil, cuando el poder de su fuerza subyuga y la utiliza por simple sensación de poder. En este caso, el débil puede ser cualquier ser, animal racional o irracional, ya que ambos sufren por esa agresión. El otro argumento, más novedoso, es considerar al animal “en si”, considerar con derechos al propio animal  en cuanto ser “que siente”. Indudablemente con diferencias en cuanto a los derechos que debe disfrutar respecto al ser humano o animal racional pero entendiendo que no cabe una discriminación por razón de especie. 5 

Ambos valores, los del taurino como los de los animalistas, vamos a suponer que, en principio, son valores positivos6 y, por lo tanto, buenos para la sociedad. El problema que existe es que uno debe prevalecer frente al otro ya que los dos valores, el taurino y el animalista, en su plasmación empírica, son contradictorios e incompatibles7.  

No es posible que la sociedad “disfrute” de los dos valores ya que el uso de uno actúa anulando al otro. Puede argumentarse que la sociedad se compone de individuos y que éstos podrán optar por el valor que más les convenza. Pero este planteamiento es erróneo ya que lo que se debate no son valores individuales sino valores colectivos, lo que esta en juego es el armazón, la estructura social, el pensamiento colectivo, la idea de mejora, progreso y avance de la sociedad.  

Entonces, si no existen valores absolutos y los valores que se enfrentan son ambos positivos ¿Cuál es la elección correcta? Tendríamos que acudir a algún principio general, algún concepto básico y primero en el que pudiéramos apalancar nuestras ideas para apoyar a los taurinos o a los animalistas. Pero este principio general, este valor “virgen” ya hemos dicho que no existe ya que es la propia sociedad quien va acuñando sus propios valores. Por lo tanto, hay que elegir un camino y solo tenemos algunos elementos indiciarios de lo que puede ser correcto, algunas sospechas que nuestras ideas son mejores que las del contrario. 

El valor “taurino” no puede existir si existe el valor “animalista” y, al contrario, el valor “animalista” no puede existir si existe el valor “taurino”. Alguno tenemos que dejar atrás en nuestro recorrido social. El valor “taurino” ya hemos dicho que presuponemos que es positivo, lo que ocurre es que al llevar aparejado el sufrimiento animal se enfrenta al valor “animalista” que considera que el derecho del toro a no sufrir debe estar dentro de la ética humana.  

Nos encontramos que el sufrimiento animal se produce exclusivamente por valores no esenciales para la supervivencia humana, no es por cuestiones de alimento, vestido, seguridad, etc. En los supuestos de los sacrificios de animales para alimentación o vestimenta existe la justificación que el sufrimiento es “obligado” 8 por cuestiones vitales. En cambio, en el sufrimiento que se infringe al toro en el espectáculo solo se justifica por la diversión y el entretenimiento que se produce, diversión y entretenimiento que puede no ser por el sufrimiento del animal, o no solo por el sufrimiento del animal, pero éste es conditio sine qua non para que exista el espectáculo.  

Desde el otro enfoque, dejar que el animal sufra tampoco es vital para la supervivencia humana, los animalistas no defendemos el no sufrimiento por que esto va a ser “util” desde un enfoque material o crematístico. El sufrimiento por el sufrimiento del “otro” solo puede estar basado en la empatía, en la pérdida de autoestima al dejar que seres que se encuentran en una situación de indefensión deban de sufrir cuando es posible evitarlo. Es más, la defensa del débil puede albergar elementos interesados o egoístas, ya que en momentos posteriores de la existencia puedes llegar a encontrarte en esa situación o bien el entorno familiar al que perteneces se encuentra puede también encontrarse en dicha situación. Por ejemplo, la protección de la ancianidad o del enfermo. Y también el “débil”puede disponer de elementos de fuerza que le permitan salir de esa situación, es el caso de la lucha racista o por la igualdad entre los géneros. Pero en el caso de la defensa del sufrimiento del toro no existe ninguna de estas situaciones ya que, en ningún caso, ningún ser humano va a transformarse en toro ni el toro podrá ser capaz de reivindicar derecho alguno. 

Por lo tanto,  en ambas situaciones los valores que se defienden no afectan a nuestro posibilidad de existencia, son valores que se defienden pues encarnan modelos de comportamiento, formas de vida, estilos de ser; instrumentos para forjarnos el talante y el pensamiento. ¿A donde queremos que esta sociedad encamine sus pasos?  

Los valores taurinos, que hemos aceptado que son positivos, pueden darse en otras actividades; en cambio, los valores animalistas llevan en sí mismos evitar el sufrimiento animal. Los taurinos arguyen que el espectáculo no sería lo mismo sin el sufrimiento y muerte del toro, podemos estar de acuerdo, pero su argumento es débil ya que los valores del espectáculo taurino, por lo que dicen mantenerlo, se pueden dar en otro tipo de actividades y espectáculos.  

No es posible evitar el sufrimiento animal en el espectáculo taurino pero sí  evitar el espectáculo taurino ya que los valores que pretende transmitir, ya hemos señalado tales como el honor, la valentía, la fuerza, la tradición, etc. pueden ser animados, potenciados y mantenidos en otros espectáculos. La tradición puede darse sin sufrimiento del toro, un espectáculo que recoge nuestra historia pero que no la haga ser más de lo que fue ni menos de lo que ha sido; la valentía o la fuerza o el honor ya se encuentran, a veces con exageración, valorados en los deportes. Veamos el fútbol, donde se defienden “los colores” cuando la “roja y gualda” sale al campo, veamos los deportes de riesgo, con la Formula 1 de Fernando Alonso, o la conquista de las 12 cumbres por Edurne Pasaban.  

Si no existen valores absolutos si que podemos decir que las sociedades que tienden al equilibrio y la igualdad son más estables, no digamos más justas que es un término valorativo, pongamos términos más asépticos y objetivos: las sociedades donde el grado de estabilidad es más alto es en aquellas donde la seguridad a los débiles esta más garantizada, donde la escala social más baja recibe un mejor trato social. Los seres humanos tendemos a proteger a nuestros seres más cercanos: padres e hijos, familia extensa, amigos, conocidos, gente del barrio, habitantes de nuestra ciudad, etc. cuanto más alejado se éste del otro menos es la influencia de la protección.  

También es un hecho empírico que cuanto mayor es nuestra seguridad mayor alcance tiene nuestra protección, que cuanto mayor es la estabilidad económica, social y emocional del individuo mayor grado de interés tiene por los “lejanos”.  Pues bien, los toros se encuentran en una posición alejada, muy alejada si tenemos en cuenta que son seres vivos no racionales y, por tanto, con un menor grado de interés para darles nuestra protección. Ahora bien, si grupos sociales tienen ese interés en la protección es un dato significativo: o bien se encuentran situados en un grado de seguridad alto o bien se perfila un salto cualitativo en la ética, o bien ambos a la vez.  

La cuestión es que, sea por una razón u otra, esta protección al toro favorece a la misma sociedad ya que no es que la haga más solidaria, valor positivo que rechazamos como argumento, sino más estable, valor objetivo que no puede contradecirse ya que el valor “supervivencia” es de los pocos valores fijos o cuasi-fijos a las que nos constriñe la naturaleza. 

Los dos grupos enfrentados, taurinos y animalistas, conviven en una sociedad que suele presentar cierta indiferencia al debate, sorprendidos por estas visiones tan apasionadas. La mayoría están o ligeramente a favor de los taurinos o ligeramente a favor de los animalistas. Este hecho, que a la mayoría de la población que entienden que si la balanza se inclina para uno u otro lado no les afecta gravemente en la cotidianeidad de su vida es lo que produce que el debate tenga en los medios un tratamiento banal, de entretenimiento. Y, en cambio, si se profundiza un poco, el debate no es baladí: se trata de los valores morales de una sociedad, además del propio sufrimiento y dolor del animal se trata de saber a que sociedad queremos tender, una que no tenga en cuenta más que su propio interés u otra que busca vivir en un mundo con el menor dolor posible para todos los seres vivos que habitan en el planeta. 

Pero este debate ciertamente es falso, un debate existe cuando los que participan en el mismo aceptan la posibilidad de cambiar de criterio si los razonamientos del otro les llegan a convencer, si antes de su inicio se parte de la premisa que los propios razonamientos pueden ser removidos por las ideas que se exponen, por los puntos de vista del que esta enfrente. Pero en el debate “taurinos” y “animalistas” no existe posibilidad de encontrarse, líneas paralelas que van al infinitivo.  
 

Los taurinos no pretenden tener la fuerza de la razón sino la razón en base a argumentos no racionales, ya que los basan en la tradición, la economía o el miedo a que desaparezca la raza de toro de lidia.  Los animalistas buscan la razón en nuevas concepciones sobre la ética y la moral9, de una ética antropocéntrica a una biocéntrica y holista que no podrán llegar a ser aprendidas ni aprehendidas por los taurinos. 

Conclusiones para los animalistas 

La abolición de las corridas de toros y de cualquier espectáculo con sufrimiento animal estará más cerca en el tiempo cuanto mayor sea la intensidad de nuestra palabra y cuanto mayor sea la concienciación de toda la sociedad. Para nuestra mentalidad debe ser impensable que la tortura pueda ser sometida a votación, a referéndum, que sean las reglas de la mayoría quienes puedan imponer que un toro pueda ser diversión atroz de las masas. Pero vivimos en una sociedad donde los derechos de los animales no se reconocen y, aunque creamos que nuestra postura es justa, nunca sabremos si es verdadera. Por ello, debemos insistir, animar, razonar y motivar a aquellos que se encuentran en nuestro entorno familiar y de amistad, ser radicales pero sobre todo convincentes que en el sufrimiento animal, innecesario y absurdo, de las corridas de toros, nadie gana y todos pierden. Que los animalistas seamos más que los taurinos es cuestión de tiempo, que el tiempo sea acorte, es cuestión nuestra. 
 

 

Portavoz: Alejandro León.